Experiencias

Nacentia

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Cuando nació mi hijo no sólo me convirtió en madre, hizo muchísimo más por mí ( y por sus futuras hermanas), cambió mi escala de valores, me hizo mucho más paciente, me hizo respetar y valorar sus decisiones desde el principio y luchar para que los demás también le respetaran en su forma de ser y sus necesidades. Así, hizo que me replanteara muchas cosas, entre ellas su parto, viendo que no había sido todo lo bueno que en un principio había pensado que fué. Empecé a cuestionar las decisiones médicas que se tomaron, me dí cuenta que, como en todos los ámbitos, en la medicina hay profesionales de verdad actualizados y otros no tanto, y que no hay que tener una fe ciega en alguien por el hecho de tener un título; y empecé a leer e informarme sobre la mejor manera de nacer-parir.
Y así, siendo más consciente de todo ello y sabiendo cómo quería que naciera mi segundo hijo, y lo que quería y no quería para mi siguiente parto, me quedé embarazada. Pero entonces me llevé una sorpresa, ¡estaba embarazada de dos bebés! Era un embarazo bicorial-biamniótico, considerado de alto riesgo, y al informarme sobre ello ví que por protocolo, en estos embarazos y partos, son mucho más intervencionistas, por lo que tuve que buscar un profesional que realmente respetara el curso de la naturaleza en este embarazo-parto y no interviniera salvo en caso de necesidad real, garantizando siempre un parto y un embarazo respetado y seguro. Y así encontré a Regina.

Llevé el embarazo muy bien hasta que en la semana 32 se vió que tenía el cuello del útero muy corto, por lo que me puso un pesario, me pusieron las inyecciones para madurar los pulmones de las niñas ante un posible nacimiento prematuro y empecé a hacer reposo. Aquí empezó la segunda etapa de mi embarazo, con el miedo siempre presente ante un posible parto prematuro.
Pero las semanas fueron pasando y mis niñas siguieron creciendo dentro de mí. Me quitaron el pesario y seguí con revisiones semanales (al final dos veces por semana) en las que veían que las niñas estaban sanas y que el parto no se desencadenaba a pesar de llevar semanas dilatada de 6 cm.
Y así llegué y pasé la semana 39. A sólo 5 días de cumplir 40 semanas, tras una de las revisiones, rompí aguas, ¡mis niñas iban a nacer dentro de poco, habían elegido ellas el día y no serían prematuras!
Volví a la clínica, se lo dije a Regina y ya me quedé en la habitación de la unidad de parto natural. Ella comprobó que había roto aguas y la posición de las niñas, ya que en la ecografía hecha apenas una hora antes se vió que las dos estaban en cefálica pero la segunda venía de cara, por lo que iba a tener que colocarla seguramente a lo largo del parto.
Ya a solas en la sala con mi marido me puse a caminar de un lado a otro, a ver si se desencadenaba el parto y empezaban las contracciones, y porque, la verdad, la excitación, los nervios y el entusiasmo no me dejaban sentarme. Al rato vino la matrona que iba a atenderme también, un encanto, me preguntó cómo estaba y me dijo que si necesitaba algo le avisáramos; nos dejaban solos y tranquilos.
Despues de un rato empezaron las contracciones, primero como molestias difusas de regla y al poco ya rítmicas y dolorosas. Me pusieron los monitores un rato y al ver que las niñas estaban bien me los quitaron y no me los volvieron a poner mas. Lo malo es que creo que el rato que estuve tumbada para los monitores hizo que se me pararan las contracciones, por lo que en cuanto me los quitaron me puse a caminar otra vez como una posesa. Y las contracciones volvieron, y esta vez con fuerza, yo que hasta entonces estaba tan contenta sobrellevando esos dolores, ya no era capaz de hablar durante ellas y no encontraba postura alguna que me aliviara, no sabía cómo ponerme, me tenía que quedar quieta y me apoyaba en la cama, otra me colgaba de los fulares, otras abrazaba a mi marido, probé a sentarme en la pelota y vi las estrellas, y una de ellas me pilló subida en la cama a cuatro patas y de ahí ya no me pude mover casi hasta el final.
Entonces mi marido llamó a Laura, la matrona, que vino con Regina, vieron que el parto progresaba bien y Regina tuvo que recolocar la cabeza de las niñas porque , sobre todo la segunda, no estaba bien presentada para nacer. Ahí el dolor se me hizo muy intenso y ya perdí la noción del tiempo, sentía las contracciones practicamente contínuas, y empecé a sentir impotencia porque veía que ese dolor se me escapaba de las manos, no sabía cómo manejarlo, intentaba estar lo más tranquila posible, pero en cada contracción sentía un dolor que me paralizaba, todo me molestaba... Recuerdo que tenía ganas de llorar, pero no por el dolor, si no de rabia e impotencia, era como si tuviera un problema entre manos que no supiera resolver, y en cierto modo así era, tenía un dolor terrible que no sabía cómo aliviar. Así que le pedí a Laura que me llenara la bañera porque, a pesar de que no tenía demasiadas ganas de meterme, pensé que podía probar a ver si me aliviaba algo. Recuerdo que nada mas abrir el grifo ya me quise meter (bueno, me quise meter, no fuí capaz de mover ni un músculo del cuerpo para hacerlo, estaba paralizada por el dolor), pero Regina vino al momento y vió que el parto estaba demasiado avanzado como para meterme en la bañera, ya que no podría tener el expulsivo ahí. Puf, yo muerta de dolor y sin la única alternativa de alivio que se me ocurría, ¿y ahora qué?, ¿qué significaba que estaba demasiado avanzado?, ¿cuánto quedaba? No soportaba que nadie me tocara, por lo visto a mi marido le rechacé sus caricias, no lo recuerdo, lo que sí recuerdo es lo que me aliviaron sus palabras "Lo estás haciendo muy bien, venga", noté tánto cariño en ellas.., pero no podía ni darle las gracias. En esos momentos yo me apartaba de dolor cada vez que Regina me tocaba, me dijo que la cabeza de la niña estaba bajando ya y que las tenía que volver a colocar (¡otra vez!) y que como no aguantaba ni que me rozara, quizá fuera bueno ponerme la epidural para poder hacer las manipulaciones bien, y en ese momento me rendí, pensé que quizás fuera lo mejor, por lo que se fue a avisar al anestesista y Laura se quedó con nosotros. Al momento vino un chico on una silla de ruedas y Laura me dijo que tenía que sentarme ahí, pero yo no pude, no podía casi ni decírselo, susurré "no puedo", y en ese momento me puse a empujar, no se ni por qué lo hice pero empujé y empujé, ¡y me alivió el dolor!, ¡sí, por fin algo que aliviaba!, ¡si empujaba casi no me dolía! Laura se dió cuenta de lo que estaba haciendo y se fue a avisar a Regina, vino y le dijo al chico de la silla de ruedas que se fuera, que ni epidural ni nada, ¡que mi niña ya estaba aquí! Así que me dijo que ahora sí que teníamos que hacerlo, ya no había otra opción y había que recolocar a las niñas para que pudieran nacer. Eso, el pensar que no había otra salida mas que aguantar el dolor de la manipulación y tirar para delante hasta el final, no se por qué, pero me dió mucha fuerza, así que ella lo hizo y yo seguí empujando cada vez que sentía la necesidad. Y entre gritos y pujos empecé a notar la cabeza, estaba en el borde, ¡pero no salía!, ¡eso era demasiado grande, no cabía! Qué sensación más intensa, tenerla ahí sintiendo una urgencia tremenda porque saliera, empujaba con todas mis fuerzas y era incapaz de que saliera, "¿cómo iba a salir algo tan grande por un sitio tan pequeño?" pensaba, "no cabe", y grité "¡sácamela, sácamela!" pero no, tenía que sacarla yo. Y en uno de esos empujones mi niña salió, y me la pusieron en mi pecho, y yo sentí un alivio temendo, y felicidad, y me invadió su olor, su precioso olor a bebé nuevo, y me enamoré, de mi niña pequeñita, sentía que era tan pequeñita... Entonces las palabras de Regina me devolvieron a la realidad diciéndome que no empujara, que la segunda niña ya estaba ahí y había que volver a colocarle la cabecita (¡oootra vez!) porque venía mal, ella lo hizo y yo entonces grité (creo que grité) que me cogieran a la niña de mi pecho, me incorporé, empujé y nació mi segunda hija, sentí como si se resbalara de mí, y me la pusieron en mi pecho. "¡Esta es más grande!" le oí decir a mi marido mientras yo sentía su olor, pensaba que era un olor maravilloso, igual que el de su hermana, algo único, que jamás había olido, y que me encantaba.
Entonces me quedé con ellas sobre mi pecho, fascinada, maravillada al conocer a esas dos personitas tan perfectas que habían estado dentro de mí, se engancharon al pecho y esperé a que salieran las placentas, esperando que volvieran los dolores y las contracciones, pero no volvieron y sentí que las placentas resbalaron de mí sin ningún dolor, produciéndome un alivio final. Todo había acabado y había acabado bien, en toda la magnitud de su significado, y yo feliz, fue el final y a la vez el principio de una historia de amor.