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El derecho a contradecirse

Buscando, buscando, esta mañana he dado con un blog llamado “A simple vista” que escribe Pedro Simón (http://www.elmundo.es/blogs/elmundo/asimplevista/2013/10/08/padres-de-mentira.html)
Su último artículo se llama “Padres de mentira”. El título no me gusta, pero lo que sigue me ha hecho pensar un buen rato:

Te animo a que estudies y yo hace tiempo que ignoro.
Te reclamo un abrazo a oscuras y cuando amaneces ya no estoy.
Te exijo un sobresaliente y yo soy de repetir en septiembre.
Te reto a un partido el domingo y te dejo sin revancha los lunes.
Te hablo de volar y al rato me entran ganas de cortarte las alas.
Te aclaro que la verdad nunca falla y sé que te estoy mintiendo.
Te digo que te tranquilices y me pongo de los nervios.
Te cuento que no pasa nada por llorar y fuerzo una sonrisa de payaso.
Te comento que no hay que preocuparse por el dinero y, ya ves, sé que me has visto serio echando cuentas.
(…)
Los padres somos muy de Baudelaire, al menos el que suscribe. No porque hayamos leído ‘Las flores del mal’, que va a ser que no. Sino por la clarividencia de un tipo malencarado que decía que, en la Declaración de los Derechos Humanos, se olvidaron del derecho a contradecirse.
En efecto, de todas las tareas de un adulto, la más difícil es la de educar con coherencia. O la de educar a secas.
El día en que cierras la mano, piensas que debiste aflojar. El día en que fuiste permisivo, te acabas acusando de blando. Si es que le das todo tu crédito, te recriminas haber confiado. Si es que no lo haces, te reprochas tu falta de fe. Si dejas que se la pegue, te dirás que no estuviste pendiente. Si es que estás muy encima, te reconvendrás por asfixiarlo.
Casi todos lo aprendemos cuando empiezan a hacer preguntas. Lo dijo alguien: tener un crío no lo convierte a uno en padre, como tener una bicicleta en el trastero no nos convierte en ciclistas.
(…)
Te digo que tienes que hacerlo ahora, pero yo creo que lo voy a dejar para mañana.
Te digo que hay un montón de salidas y desde aquí sólo se ve un laberinto.
Te digo que lo importante es ser buena persona, aunque creo que siempre ganan los malos.
Te digo que siempre hay que dar los buenos días y, vaya, yo nunca llego para darte las buenas noches.
Ya ves, suspirando hoy te pido que rías.
Dormido te animo a que despiertes.
Callado y en silencio, hijo, te pido que grites.

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